Antes de llegar al país vecino de Alemania, probé las aguas de los baños termales de Budapest. La capital húngara con unos autobuses tercermundistas, sorprende con la grandeza del Danubio y su bello Parlamento que deja a cualquiera boquiabierto. Merece la pena ver la parte -quizá más turística-, donde puedes observar varios puentes enormes iluminados por la noche, bañados por el río que te muestra en su montaña mágica la parte más monumental y bonita de la ciudad.
No usan euros y los precios son bastante bajos. Qué rica la repostería...
Y Viena. La capital de Austria es quizá de otro planeta. Calles y avenidas con zonas verdes y parques, presentadas por grandes edificios blancos muy estilistas y clásicos. La tarta Sacher, típica de esta ciudad cosmopolita la probé y esta vez, los trenes y metros, eran de calidad.
-Tracata, tracata, tracata, shhh, decía el tren.
Por la noche dormí en un edificio tipo "El tercer hombre". Con esas escaleras anchas, barandilla y piedra fría. Sonaba la mítica canción de la película. Orson Wells nos decía buenas noches al oído y escapaba en un tren...rumbo a...
-Tracata, tracata, tracata, shhh, decía el tren.
Ah! Se me olvidaba. El cuadro del "beso" de Klimt y otro de Napoleón sobre un caballo que podéis ver en vuestros libros de historia, decoran Wien.
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